Velalluvia Jardín Mármol. Hace un mes llovieron piedras. Recuerdo como caminaba distante de tan abstracto fenómeno, deambulando en el día como el mal espectador deambula en la obra; así era, repasaba los detalles y tenía ya olvidada la naturaleza de la realidad, pues en lo más cierto, me he aferrado a creer que cualquier escenario, por ciego o lejano que sea, debe su valor a la flexibilidad inclusiva que entre su eternidad se esconda; no quiero decir, sin embargo, que sea esta la medida de cualquier telón, mas podría valorarse en cualquier sujeto el saber hallarla, o más bien, el poder hallarse en ella. Al cabo de unos segundos una roca alcanzó mi cabeza; ignorando el dicho popular que sobre valora las intenciones, disfruto pensar que no solo fue un golpe físico, pues dicha roca me despertó en varios niveles; tras un cosquilleo en mi nuca, sentí como centímetro a centímetro mi cuerpo se detenía, era como si algo dentro de mí hubiera dejado de funcionar, cual si se hubiera perdido en aquella lluvia, y probablemente cual si hubiera partido acompañado por mi voluntad de no querer estar ahí, congelado en la mitad de otro posible golpe. Alcanzaron los pies, la espalda, los hombros, el abdomen; rozaron mi rostro, rasgaron mis palmas, y siguieron lloviendo con su trayectoria impredecible, casi individualmente aleatoria y colectivamente en mi contra. Pasado un rato, quizás el suficiente, no lograba sentir mi cuerpo, ni las piedras que sobre él caían, ya toda mi mente yacía fundida en la contemplación; en notar como cada piedra era diferente a las cien mil que la rodeaban, y como cada forma generaba un sonido diferente al chocar contra el piso; como podía separar y distinguir el eco de unas sobre la caída de otras, incluso me descubrí capaz de manipular el volumen y la profundidad de cada cual. Instintiva-por no decir involuntaria-mente empezaron a mezclarse dentro de mí todos los tonos con su arsenal de matices, se acoplaron, se armonizaron, y despertó la partitura, embestidos hacía mí se lanzaron los acordes y me hicieron recordar el espectador torpe que aún llevaba puesto, pues recuerdo bien que entre todo lo que pudo haberse formado, sonó en mi mente una lenta y cálida melodía, una gris y opaca, perturbadoramente igual a la que en mi opinión, hubiera sido la banda sonora más molesta y apropiada para una narración sobre mi vida; y traté desesperadamente de orquestar entre la inmensa lluvia alguna composición menos trágica, pero fallé; traté de acoplar cualquier conjunto de sonidos que no crearan algo con semejante naturaleza, y fallé de nuevo; trate de no escuchar nada, de mover mis extremidades, trate de gritar y salir corriendo a cualquier lugar donde ya no me golpearan las rocas, trate de escapar, de sentir, de llorar, de caer; trate de morir, volví a fallar. Ese día supe que para cualquiera llovía, mientras para mí llovió; que cualquiera encontró una lluvia, mientras una lluvia me encontró. Cuando escampó más tarde me encontré derramando agua; estaba totalmente empapado, rodeado por numerosos charcos. Cuando ya había emprendido mi primer paso, un latido de mi corazón retumbo con gran volumen por todo mi cuerpo, dejándome atónito por un segundo, mientras presenciaba confuso la ausencia de rocas, y de heridas en mi cuerpo. Ciudad Delirio. Hace una semana llovió sangre. Se encharcaba la ciudad con penumbra y se ocultaba la luna bajo un abrigo de niebla, las personas, ocupadas agotando cuerda, recibieron con relativa calma el tinte oscuro que la lluvia le brindo a sus prendas, en lo que a mí respecta, no me extrañaría que cada quien estuviese sufriendo un desorden mental al verse rodeado de individuos sangrantes, tan desconocidos como inocentes. Quizás era esto lo más escalofriante de aquella escena, ver cientos de personas empapadas en sangre, navegantes entre un apuro y el siguiente, perdidos en su precipitado paso, ciegos en su perpetua angustia, y aun distantes de su inminente tragedia; todos ellos luchando por sus vidas y ninguno de ellos viviendo. Aquel día noté un fenómeno bastante retorcido, no demoré mucho en dar cuenta de ello; pues mi vieja tendencia de andar con la cabeza gacha me había enseñado que recurrir a los charcos era, efectivamente, la mejor forma de constar a diario el recuerdo de la imponente y grandiosa bóveda, mas al asomar mi mirada por uno de estos espejos de andén, vi un cielo azul claro, tan despejado como aquellos con pájaros  y bicicletas, risas y dientes de león. Levanté la cabeza, un cielo rojo, sangrante, herido, inmerso en súplicas agónicas, en dolores amargos, con nubes negras y truenos naranjas paralelos al suelo, y al agacharla de nuevo, uno azul, en serenidad, sosiego, con nubes blancas y gotas más de vida que de lluvia. Totalmente quieto, observé como una figura, aún lejana, se acercaba por mí misma acera, estaba a varios metros en frente, totalmente cubierta de sangre, y de pronto un inusual reflejo llamo mi atención hacía el charco; ¡Podía verla! Su cara, su cuerpo; reflejada, su figura carecía de la más mínima gota de sangre, pero a medida que se acercaba y su figura se detallaba, podía ver como su cuerpo estaba marcadamente herido, tenía cortadas largas y otras profundas, raspones e incluso algunas ampollas, las uñas que aún tenía estaban  rotas y sus ojos irritados. Valdrá aclarar que, fuera de su reflejo, la mujer contaba con sus -ahora ensangrentadas- prendas: un gabán abierto, blusa, falda corta con medias de red y -el detalle más memorable- unos tacones, mas en el reflejo su figura no solo se encontraba desnuda, sino que sus pies descalzos se encontraban de lleno con la punta del tacón, de modo que mientras su “modelo” caminaba -de cierto modo- empinada, la mujer reflejada tenía, por de alguna forma llamarlo, los pies firmemente sobre la tierra. Más intrigante aun fue notar -en medio de mi afición por los detalles- que el encuentro entre tacón y pie descalzo no generaba de ningún modo ondas en el charco, como si realmente en la acera no hubiese más que un espejo infiel, disconforme ante la vaga función que le hemos brindado los humanos. Bajo su apariencia fría y su matiz, tan vivo como su acorde color sangre, gritaba un espejo líder, como aquel que se encargara de mostrar lo real y no lo aparente tras lo en él reflejado; tal que buscara ilustrar lo profundo en vez de copiar superficies, concediera pureza a lo que por sus manos pasa, y nos librara de recibir las cosas por los mismos ojos que las infectan. Tras haber presenciado ya varios pasos -debo comentar que, quizás por el estado de estupefacción en el que me encontraba, por lo bien que estos pudieron haber transcurrido en unos cuantos segundos, dentro de mí asombro se prolongaron por horas- donde el tacón de la mujer chocó con el pie descalzo de su reflejo, hubo uno que conllevó catarsis, y junto con él, en tan sólo un instante, el espejo en la acera desapareció, la lluvia de sangre escampó, el cielo oscuro se despejó y todo cuerpo manchado se lavó. El nuevo paisaje no demoró en mostrarse familiar, correspondiente al del reflejo que encontré en los charcos, mas con una excepción, y es que no fue extraño ver alrededor a las personas sonrientes, sin heridas que mostrar ni sangre que lavar, al pasar la muchacha -que por tanto presencie- a mi lado, la vi con la cabeza gacha, escurriendo lágrimas; y aun con sus altos tacones, la pude ver con los pies en la tierra. La botella esperaba, en su acera quebrada, y encontró en la noche, profunda su herida; una luna confusa, buscando otra musa, da cuenta que es ella quien está perdida. El sol sin oriente, se fuga demente, pues no ve tu boca, no da con tu amor, y estrellas marchitas, quimeras malditas, no sufren su muerte, viven su dolor. Cierto día sin prisa, se escaló en tu sonrisa, y olvidado del tiempo, tras un rato acató, que era humo en el viento, cicatriz de un momento, que era parte de un cuento, que hace rato murió. Que la historia da paso, y que el paso da historia, que tras trazo el camino, queda solo memoria, que cuanto pueda andarse, no el reloj y sí la vida, se entiende que también esta va caminando perdida. Ayer llovió ceniza. Descendía el cielo fragmentado y retazos de su esencia se situaban ahora entre calle y calle, los pequeños trozos del celeste reposaban sobre las narices del pavimento, y se empezaba a formar de la ciudad un caldo de hoguera. El ambiente, aparte de sobresalir en su aspecto fúnebre, estaba repleto de muros y postes enhollinados, alcantarillas y grietas humeantes, y de personas y paredes perdidas; todo se tornaba oscuro entre ceniza y cielo, entonces las piedras flotaron y la mismísima tierra empezó a levantarse en trozos, y de pronto la oscuridad consumió absolutamente todo el entorno. De repente el ambiente pareció tornarse a un nivel de luminosidad omnipresente, y de nuevo aparecieron las calles que me habían estado rodeando, todo seguía exactamente como había estado aquel día y el día anterior, y los días de hace ya varias semanas atrás, pero ahora el paisaje entero se había carbonizado; ahora las personas se veían determinadas en seguir una marcha recta, al parecer entre su nueva composición de ceniza y afán no había espacio para las facciones ni para la duda, se veían seres sin huella, de un color quemado indeciso entre matices, iban caminando y diminutas partículas de su rostizado cuerpo se quedaban atrás con el viento, casi dejando una estela; los grandes edificios tenían un color más oscuro, todos compartían cierta apariencia, semejante al interior de una chimenea, con trozos de pared negreada por el hollín, mientras los vidrios parecían gruesas placas de caramelo quemado, con un tizne algo más claro y un aspecto mucho más débil; del suelo era bastante más fácil afirmar que guardaba la mayor similitud con un gigantesco pedazo de carbón, con deformidades bien repartidas y un color casi adecuadamente distribuido; sin embargo, el cielo no sufrió mucho cambio, aparte de notar un trastorno nimio a un tono más grisáceo, incluso alguien tan detallista como yo no dio con mayor sorpresa. Mientras iba caminando a paso creciente y firme, con las manos en los laterales de mi abrigo, observe como a varias cuadras un par de estos ceniceros marchantes iban sobre la misma acera, en direcciones contrarias y a pocos metros de colisionar, esperando una reacción, note que ninguno de los sujetos tenía la intención de desviar su curso, y cuando el choque era inminente, una pequeña nube de ceniza se desprendió de cada cuerpo, mientras sin mayor espectáculo se atravesaban, y tras haberse ya separado completamente, varios de estos pedazos volaban como imantados en búsqueda de su portador original, mientras otros se quedaban allí, flotando. Tras observar dicho fenómeno no demore en dar cuenta que se repetía a todo mi alrededor, algunos sólo chocaban codos o rozaban palmas, y no dejaban mucha ceniza atrás, mientras otros se desmoronaban ferozmente, dejando por largo rato parte de sí en el escenario, y recuperándola sólo tras haber dado una buena cantidad de pasos; incluso atravesaban los altos edificios y las modestas casas, dejando algunos sujetos más en las primeras, y quedándose otros casi completamente en las segundas; también se presentaban numerosos choques con gran cantidad de participes, y entre choque y choque a veces salían, marchantes, más de los que habían ingresado, y entonces una gran nube de ceniza descendía lentamente al suelo, hasta camuflarse con la inmensa lamina negra. A lo lejos divisé una de estas figuras caminando hacia mí, con su paso firme; me agité y logré entender aun más lo que sucedía, pues no pude decidir llevar a cabo el desvío que tanto anhelaba, ni echar marcha atrás o siquiera desacelerar, no era yo ni el resto de ceniceros los que marchábamos decididos, era el mundo en movimiento, la vida era quien nos empujaba por un camino determinado y desconocido, y fue en ese momento cuando noté tras la ceniza muerta, en cada una de las personas que me rodeaban, la angustia, el temor, la tristeza, el dolor; y entre felicidad y satisfacción, entre amor y alivio, entre dicha y sonrisa, pude ver de fondo, la tragedia. La figura distante ya se hallaba a contados centímetros, agitado, sentí como colisionábamos y mi mente empezaba a rellenarse con recuerdos e imágenes, miles de escenarios que resultaban extrañamente familiares me atravesaban a una velocidad extenuante, grandes lagos y visitas al campo, la plaza central del parque y las salas de cine, almuerzos de comedor y cenas de restaurante, sol por las mañanas y vino por las lunas, ceremonias de blanco y ceremonias de negro; sentí como parte de mí se quedaba flotando a mis espaldas, compartiendo un lugar en el aire con las de ella, sentí cómo se quedaban, bailando lentamente con las cenizas de mi difunta esposa. Me dijeron que hoy llovió, hablaron de agua regando un huerto, que no llueven piedras ni llueve sangre, que eso no pasa en un mundo despierto, me contaron que no hubo ceniza, que nada de lo que he escrito es cierto, y lo lloraron golpeando una tumba, pues ¿De qué le vale a un hombre muerto?

Velalluvia


Jardín Mármol.

Hace un mes llovieron piedras. Recuerdo como caminaba distante de tan abstracto fenómeno, deambulando en el día como el mal espectador deambula en la obra; así era, repasaba los detalles y tenía ya olvidada la naturaleza de la realidad, pues en lo más cierto, me he aferrado a creer que cualquier escenario, por ciego o lejano que sea, debe su valor a la flexibilidad inclusiva que entre su eternidad se esconda; no quiero decir, sin embargo, que sea esta la medida de cualquier telón, mas podría valorarse en cualquier sujeto el saber hallarla, o más bien, el poder hallarse en ella. Al cabo de unos segundos una roca alcanzó mi cabeza; ignorando el dicho popular que sobre valora las intenciones, disfruto pensar que no solo fue un golpe físico, pues dicha roca me despertó en varios niveles; tras un cosquilleo en mi nuca, sentí como centímetro a centímetro mi cuerpo se detenía, era como si algo dentro de mí hubiera dejado de funcionar, cual si se hubiera perdido en aquella lluvia, y probablemente cual si hubiera partido acompañado por mi voluntad de no querer estar ahí, congelado en la mitad de otro posible golpe. Alcanzaron los pies, la espalda, los hombros, el abdomen; rozaron mi rostro, rasgaron mis palmas, y siguieron lloviendo con su trayectoria impredecible, casi individualmente aleatoria y colectivamente en mi contra. Pasado un rato, quizás el suficiente, no lograba sentir mi cuerpo, ni las piedras que sobre él caían, ya toda mi mente yacía fundida en la contemplación; en notar como cada piedra era diferente a las cien mil que la rodeaban, y como cada forma generaba un sonido diferente al chocar contra el piso; como podía separar y distinguir el eco de unas sobre la caída de otras, incluso me descubrí capaz de manipular el volumen y la profundidad de cada cual. Instintiva-por no decir involuntaria-mente empezaron a mezclarse dentro de mí todos los tonos con su arsenal de matices, se acoplaron, se armonizaron, y despertó la partitura, embestidos hacía mí se lanzaron los acordes y me hicieron recordar el espectador torpe que aún llevaba puesto, pues recuerdo bien que entre todo lo que pudo haberse formado, sonó en mi mente una lenta y cálida melodía, una gris y opaca, perturbadoramente igual a la que en mi opinión, hubiera sido la banda sonora más molesta y apropiada para una narración sobre mi vida; y traté desesperadamente de orquestar entre la inmensa lluvia alguna composición menos trágica, pero fallé; traté de acoplar cualquier conjunto de sonidos que no crearan algo con semejante naturaleza, y fallé de nuevo; trate de no escuchar nada, de mover mis extremidades, trate de gritar y salir corriendo a cualquier lugar donde ya no me golpearan las rocas, trate de escapar, de sentir, de llorar, de caer; trate de morir, volví a fallar. Ese día supe que para cualquiera llovía, mientras para mí llovió; que cualquiera encontró una lluvia, mientras una lluvia me encontró. Cuando escampó más tarde me encontré derramando agua; estaba totalmente empapado, rodeado por numerosos charcos. Cuando ya había emprendido mi primer paso, un latido de mi corazón retumbo con gran volumen por todo mi cuerpo, dejándome atónito por un segundo, mientras presenciaba confuso la ausencia de rocas, y de heridas en mi cuerpo.

Ciudad Delirio.

Hace una semana llovió sangre. Se encharcaba la ciudad con penumbra y se ocultaba la luna bajo un abrigo de niebla, las personas, ocupadas agotando cuerda, recibieron con relativa calma el tinte oscuro que la lluvia le brindo a sus prendas, en lo que a mí respecta, no me extrañaría que cada quien estuviese sufriendo un desorden mental al verse rodeado de individuos sangrantes, tan desconocidos como inocentes. Quizás era esto lo más escalofriante de aquella escena, ver cientos de personas empapadas en sangre, navegantes entre un apuro y el siguiente, perdidos en su precipitado paso, ciegos en su perpetua angustia, y aun distantes de su inminente tragedia; todos ellos luchando por sus vidas y ninguno de ellos viviendo. Aquel día noté un fenómeno bastante retorcido, no demoré mucho en dar cuenta de ello; pues mi vieja tendencia de andar con la cabeza gacha me había enseñado que recurrir a los charcos era, efectivamente, la mejor forma de constar a diario el recuerdo de la imponente y grandiosa bóveda, mas al asomar mi mirada por uno de estos espejos de andén, vi un cielo azul claro, tan despejado como aquellos con pájaros  y bicicletas, risas y dientes de león. Levanté la cabeza, un cielo rojo, sangrante, herido, inmerso en súplicas agónicas, en dolores amargos, con nubes negras y truenos naranjas paralelos al suelo, y al agacharla de nuevo, uno azul, en serenidad, sosiego, con nubes blancas y gotas más de vida que de lluvia. Totalmente quieto, observé como una figura, aún lejana, se acercaba por mí misma acera, estaba a varios metros en frente, totalmente cubierta de sangre, y de pronto un inusual reflejo llamo mi atención hacía el charco; ¡Podía verla! Su cara, su cuerpo; reflejada, su figura carecía de la más mínima gota de sangre, pero a medida que se acercaba y su figura se detallaba, podía ver como su cuerpo estaba marcadamente herido, tenía cortadas largas y otras profundas, raspones e incluso algunas ampollas, las uñas que aún tenía estaban  rotas y sus ojos irritados. Valdrá aclarar que, fuera de su reflejo, la mujer contaba con sus -ahora ensangrentadas- prendas: un gabán abierto, blusa, falda corta con medias de red y -el detalle más memorable- unos tacones, mas en el reflejo su figura no solo se encontraba desnuda, sino que sus pies descalzos se encontraban de lleno con la punta del tacón, de modo que mientras su “modelo” caminaba -de cierto modo- empinada, la mujer reflejada tenía, por de alguna forma llamarlo, los pies firmemente sobre la tierra. Más intrigante aun fue notar -en medio de mi afición por los detalles- que el encuentro entre tacón y pie descalzo no generaba de ningún modo ondas en el charco, como si realmente en la acera no hubiese más que un espejo infiel, disconforme ante la vaga función que le hemos brindado los humanos. Bajo su apariencia fría y su matiz, tan vivo como su acorde color sangre, gritaba un espejo líder, como aquel que se encargara de mostrar lo real y no lo aparente tras lo en él reflejado; tal que buscara ilustrar lo profundo en vez de copiar superficies, concediera pureza a lo que por sus manos pasa, y nos librara de recibir las cosas por los mismos ojos que las infectan. Tras haber presenciado ya varios pasos -debo comentar que, quizás por el estado de estupefacción en el que me encontraba, por lo bien que estos pudieron haber transcurrido en unos cuantos segundos, dentro de mí asombro se prolongaron por horas- donde el tacón de la mujer chocó con el pie descalzo de su reflejo, hubo uno que conllevó catarsis, y junto con él, en tan sólo un instante, el espejo en la acera desapareció, la lluvia de sangre escampó, el cielo oscuro se despejó y todo cuerpo manchado se lavó. El nuevo paisaje no demoró en mostrarse familiar, correspondiente al del reflejo que encontré en los charcos, mas con una excepción, y es que no fue extraño ver alrededor a las personas sonrientes, sin heridas que mostrar ni sangre que lavar, al pasar la muchacha -que por tanto presencie- a mi lado, la vi con la cabeza gacha, escurriendo lágrimas; y aun con sus altos tacones, la pude ver con los pies en la tierra.

La botella esperaba, en su acera quebrada,
y encontró en la noche, profunda su herida;
una luna confusa, buscando otra musa,
da cuenta que es ella quien está perdida.
El sol sin oriente, se fuga demente,
pues no ve tu boca, no da con tu amor,
y estrellas marchitas, quimeras malditas,
no sufren su muerte, viven su dolor.
Cierto día sin prisa, se escaló en tu sonrisa,
y olvidado del tiempo, tras un rato acató,
que era humo en el viento, cicatriz de un momento,
que era parte de un cuento, que hace rato murió.
Que la historia da paso, y que el paso da historia,
que tras trazo el camino, queda solo memoria,
que cuanto pueda andarse, no el reloj y sí la vida,
se entiende que también esta va caminando perdida.

Ayer llovió ceniza. Descendía el cielo fragmentado y retazos de su esencia se situaban ahora entre calle y calle, los pequeños trozos del celeste reposaban sobre las narices del pavimento, y se empezaba a formar de la ciudad un caldo de hoguera. El ambiente, aparte de sobresalir en su aspecto fúnebre, estaba repleto de muros y postes enhollinados, alcantarillas y grietas humeantes, y de personas y paredes perdidas; todo se tornaba oscuro entre ceniza y cielo, entonces las piedras flotaron y la mismísima tierra empezó a levantarse en trozos, y de pronto la oscuridad consumió absolutamente todo el entorno. De repente el ambiente pareció tornarse a un nivel de luminosidad omnipresente, y de nuevo aparecieron las calles que me habían estado rodeando, todo seguía exactamente como había estado aquel día y el día anterior, y los días de hace ya varias semanas atrás, pero ahora el paisaje entero se había carbonizado; ahora las personas se veían determinadas en seguir una marcha recta, al parecer entre su nueva composición de ceniza y afán no había espacio para las facciones ni para la duda, se veían seres sin huella, de un color quemado indeciso entre matices, iban caminando y diminutas partículas de su rostizado cuerpo se quedaban atrás con el viento, casi dejando una estela; los grandes edificios tenían un color más oscuro, todos compartían cierta apariencia, semejante al interior de una chimenea, con trozos de pared negreada por el hollín, mientras los vidrios parecían gruesas placas de caramelo quemado, con un tizne algo más claro y un aspecto mucho más débil; del suelo era bastante más fácil afirmar que guardaba la mayor similitud con un gigantesco pedazo de carbón, con deformidades bien repartidas y un color casi adecuadamente distribuido; sin embargo, el cielo no sufrió mucho cambio, aparte de notar un trastorno nimio a un tono más grisáceo, incluso alguien tan detallista como yo no dio con mayor sorpresa. Mientras iba caminando a paso creciente y firme, con las manos en los laterales de mi abrigo, observe como a varias cuadras un par de estos ceniceros marchantes iban sobre la misma acera, en direcciones contrarias y a pocos metros de colisionar, esperando una reacción, note que ninguno de los sujetos tenía la intención de desviar su curso, y cuando el choque era inminente, una pequeña nube de ceniza se desprendió de cada cuerpo, mientras sin mayor espectáculo se atravesaban, y tras haberse ya separado completamente, varios de estos pedazos volaban como imantados en búsqueda de su portador original, mientras otros se quedaban allí, flotando. Tras observar dicho fenómeno no demore en dar cuenta que se repetía a todo mi alrededor, algunos sólo chocaban codos o rozaban palmas, y no dejaban mucha ceniza atrás, mientras otros se desmoronaban ferozmente, dejando por largo rato parte de sí en el escenario, y recuperándola sólo tras haber dado una buena cantidad de pasos; incluso atravesaban los altos edificios y las modestas casas, dejando algunos sujetos más en las primeras, y quedándose otros casi completamente en las segundas; también se presentaban numerosos choques con gran cantidad de participes, y entre choque y choque a veces salían, marchantes, más de los que habían ingresado, y entonces una gran nube de ceniza descendía lentamente al suelo, hasta camuflarse con la inmensa lamina negra. A lo lejos divisé una de estas figuras caminando hacia mí, con su paso firme; me agité y logré entender aun más lo que sucedía, pues no pude decidir llevar a cabo el desvío que tanto anhelaba, ni echar marcha atrás o siquiera desacelerar, no era yo ni el resto de ceniceros los que marchábamos decididos, era el mundo en movimiento, la vida era quien nos empujaba por un camino determinado y desconocido, y fue en ese momento cuando noté tras la ceniza muerta, en cada una de las personas que me rodeaban, la angustia, el temor, la tristeza, el dolor; y entre felicidad y satisfacción, entre amor y alivio, entre dicha y sonrisa, pude ver de fondo, la tragedia. La figura distante ya se hallaba a contados centímetros, agitado, sentí como colisionábamos y mi mente empezaba a rellenarse con recuerdos e imágenes, miles de escenarios que resultaban extrañamente familiares me atravesaban a una velocidad extenuante, grandes lagos y visitas al campo, la plaza central del parque y las salas de cine, almuerzos de comedor y cenas de restaurante, sol por las mañanas y vino por las lunas, ceremonias de blanco y ceremonias de negro; sentí como parte de mí se quedaba flotando a mis espaldas, compartiendo un lugar en el aire con las de ella, sentí cómo se quedaban, bailando lentamente con las cenizas de mi difunta esposa.

Me dijeron que hoy llovió,
hablaron de agua regando un huerto,
que no llueven piedras ni llueve sangre,
que eso no pasa en un mundo despierto,
me contaron que no hubo ceniza,
que nada de lo que he escrito es cierto,
y lo lloraron golpeando una tumba,
pues ¿De qué le vale a un hombre muerto?

Respiro, lo miro, lo lanza, lo miro, vuela, lo miro, salto, lo tengo.Sonrío… lo miro… y otra vez respiro.Aquí me encuentro yo, siendo usado como portador por el sombrero de Kutxi, del cual espero aún tenga algo de ADN.Crear mis propios Kutxi-Clones es totalmente uno de mis planes futuros.
Ciudad Derrumbe. Una estrella estrellada en carretera alada, sigue alumbrando a oscuras su muerte y malestar. Un paraguas roído, una nube deforme, todo deslumbra el norte, de la destroza ciudad. Una lágrima armada y su pistola cansada, que desaciada en balas con alas prefiere andar; pues que a un cuerpo cubierto, y al maquillaje muerto, con el volar, lo cierto puede de sólo caída matar. Es en él, mundo lluvia, en la estrepitosa ciudad, es el mercado silencio, junto al callejón bramar. Es la muralla tranquila, el manicomio central, es otra luna desnuda y otro destrozo bar. La puerta ni el viento toca, mas la muralla desvanecía, la sola presencia de un ángel, de otro altar de poesía; llego derramando pena, desarmando la armonía, derrumbando así la noche que dejo la ciudad fría, no fue la oferta de estrellas ni demanda de alegría, pero hasta el viejo ataraxia sintió el caos de tal día; que olvido las madrugadas, dejo cada esquina oscura, y hasta la vereda seca se embriago en su locura, pues ahora nada es claro, sólo el reflejar perdura, de la estela de otro ángel, que al final fue desventura. Despierta al rato, mundo lluvia, amanece en construcción, la muralla maquillada y el bar San Solución, amanece el pueblo arcilla, noticiero destrucción, así es ciudad derrumbe, sonreír es revolución.

Ciudad Derrumbe.

Una estrella estrellada
en carretera alada,
sigue alumbrando a oscuras
su muerte y malestar.
Un paraguas roído,
una nube deforme,
todo deslumbra el norte,
de la destroza ciudad.

Una lágrima armada
y su pistola cansada,
que desaciada en balas
con alas prefiere andar;
pues que a un cuerpo cubierto,
y al maquillaje muerto,
con el volar, lo cierto puede
de sólo caída matar.
Es en él, mundo lluvia,
en la estrepitosa ciudad,
es el mercado silencio,
junto al callejón bramar.
Es la muralla tranquila,
el manicomio central,
es otra luna desnuda
y otro destrozo bar.

La puerta ni el viento toca,
mas la muralla desvanecía,
la sola presencia de un ángel,
de otro altar de poesía;
llego derramando pena,
desarmando la armonía,
derrumbando así la noche
que dejo la ciudad fría,
no fue la oferta de estrellas
ni demanda de alegría,
pero hasta el viejo ataraxia
sintió el caos de tal día;
que olvido las madrugadas,
dejo cada esquina oscura,
y hasta la vereda seca
se embriago en su locura,
pues ahora nada es claro,
sólo el reflejar perdura,
de la estela de otro ángel,
que al final fue desventura.

Despierta al rato, mundo lluvia,
amanece en construcción,
la muralla maquillada
y el bar San Solución,
amanece el pueblo arcilla,
noticiero destrucción,
así es ciudad derrumbe,
sonreír es revolución.

Teosía II No vivo seguro si es el viento, o tu recuerdo el que lastima, y no se si me empuja el tiempo, o la puñalada de cada esquina. No se si duele por minuto, o si diluye el minutero, no se si pone al día en luto, o si enluta al día entero. No se si es por tu mirada, o aún disfruto tu sonrisa, o es que no me duele nada, o me desarma cada brisa. No se si vivo el dolor destroza, ni si apuñala con sueño muerto, del dolor yo no se gran cosa, pero que me duele, es cierto.

Teosía II

No vivo seguro si es el viento,
o tu recuerdo el que lastima,
y no se si me empuja el tiempo,
o la puñalada de cada esquina.

No se si duele por minuto,
o si diluye el minutero,
no se si pone al día en luto,
o si enluta al día entero.

No se si es por tu mirada,
o aún disfruto tu sonrisa,
o es que no me duele nada,
o me desarma cada brisa.

No se si vivo el dolor destroza,
ni si apuñala con sueño muerto,
del dolor yo no se gran cosa,
pero que me duele, es cierto.

Teosía I Viene con prisa, ignora mi encierro, viene gritando, con malestar, y en tu sonrisa, encuentra el velo, y llega llorando, al despertar. Corre muriendo, muere cantando, y entre su canto, sobre tu andar, mata queriendo vivir matando, y no ver tu llanto, ni tu danzar. Se esconde en tinta, por sólo un rato, pues al siguiente, debe volar, y el que lo pinta, cual un retrato, lo da de frente, dado pensar.

Teosía I

Viene con prisa, ignora mi encierro,
viene gritando, con malestar,
y en tu sonrisa, encuentra el velo,
y llega llorando, al despertar.

Corre muriendo, muere cantando,
y entre su canto, sobre tu andar,
mata queriendo vivir matando,
y no ver tu llanto, ni tu danzar.

Se esconde en tinta, por sólo un rato,
pues al siguiente, debe volar,
y el que lo pinta, cual un retrato,
lo da de frente, dado pensar.

Sangre y Azufre. Hace varios días que no moría, hace ya varios meses que no surcaban las puñaladas por mis mejillas, hace mucho tiempo que desventura hambrienta no regaba con miseria mis pestañas. Pero ya no importa, ahora no vale nada que una sonrisa se fugue, pues buscando el velo de otro sueño umbroso, se encontrará de nuevo en un laberinto de desván. Que corran malditas, que escapen y mueran, que alumbren los flecos del sueño que quieran; que griten y raspen, que arrastren al viento, que le da compás a tan frío momento; que aplasten al lienzo, que activen la noria, que pinten presente mi puta memoria; que rían y fumen, destruyan el sueño, destruyan la calma y destruyan al dueño. Que puedo con lengua y tinta engañar el viento, marcar en su rastro la frase sentir, maquillada de un y mil espejos; pero que él derramado en mí, marca en verso y hollín, una sola cicatriz, y es la que lee “Te Amo”.

Sangre y Azufre.

Hace varios días que no moría, hace ya varios meses que no surcaban las puñaladas por mis mejillas, hace mucho tiempo que desventura hambrienta no regaba con miseria mis pestañas. Pero ya no importa, ahora no vale nada que una sonrisa se fugue, pues buscando el velo de otro sueño umbroso, se encontrará de nuevo en un laberinto de desván.

Que corran malditas, que escapen y mueran, que alumbren los flecos del sueño que quieran; que griten y raspen, que arrastren al viento, que le da compás a tan frío momento; que aplasten al lienzo, que activen la noria, que pinten presente mi puta memoria; que rían y fumen, destruyan el sueño, destruyan la calma y destruyan al dueño.

Que puedo con lengua y tinta engañar el viento, marcar en su rastro la frase sentir, maquillada de un y mil espejos; pero que él derramado en mí, marca en verso y hollín, una sola cicatriz, y es la que lee “Te Amo”.

Mil Quimeras. Derramando pétalos ardió la tarde, que disfrazada de cenizas se dispuso a derrumbar palabras, asesinar relojes; se dispuso a reflejarse en los ojos de nadie, a sucumbir en abismos de un latido ajeno; se dispuso a desenterrar amores, quemar cortinas, lustrar cual polvo, y se dispuso a disponer de mí. Desgarran los gruñidos que en tu boca saltan, que huelen a los besos que a mi boca faltan, que buscan el refugio en un umbral con techo, que buscan osadía, colarse entre mi pecho,  y rasga las paredes, y rasga las aceras, y rasga la guitarra con la que me esperas. Que de versos desintegras la saliva que me envite a mirarte, que alimenta el tintero con el que grito lo inaudible; que de tus ojos nacen mil quimeras, que con ellas duermo y que con ellas vivo, que de ellas muero y su color destiño. Que de mí se enreda el hogaño, se aburre el antaño, se embarra tu mente, se pinta tu lente.

Mil Quimeras.

Derramando pétalos ardió la tarde, que disfrazada de cenizas se dispuso a derrumbar palabras, asesinar relojes; se dispuso a reflejarse en los ojos de nadie, a sucumbir en abismos de un latido ajeno; se dispuso a desenterrar amores, quemar cortinas, lustrar cual polvo, y se dispuso a disponer de mí.

Desgarran los gruñidos que en tu boca saltan,
que huelen a los besos que a mi boca faltan,
que buscan el refugio en un umbral con techo,
que buscan osadía, colarse entre mi pecho, 
y rasga las paredes, y rasga las aceras,
y rasga la guitarra con la que me esperas.

Que de versos desintegras la saliva que me envite a mirarte, que alimenta el tintero con el que grito lo inaudible; que de tus ojos nacen mil quimeras, que con ellas duermo y que con ellas vivo, que de ellas muero y su color destiño.

Que de mí se enreda el hogaño,
se aburre el antaño,
se embarra tu mente,
se pinta tu lente.

Azul Remolino. Distorsionando el reflejo de mis mares, azul del cielo, se levantan las sombras de confusión, como el perpetuo recordatorio de su existencia. Cuando las amargas corrientes se cansan del mundo, vuelven indiferentes a donde pertenecen, pero mi desventura sólo tiene lugar para remolinos eternos y lagrimas perdidas. Si se disipan los relojes, la claridad devastara mis hadas, y desembocaran punzadas transparentes afiladas por la misma realidad que se ajena de mis noches, si con rumbo corren las sonatas, junto con mi duda desembocare en lava, así el desenlace de mis albas sabrá porque lloran. Y así es que te lo pido a ti, cambiando en un texto de prosa a verso, escribiendo por delante un texto, y por detrás un querer disperso: Evaporando el suelo como la confusión, crea en mi remolino un receso, lo espero de cual puñalada, lo espero queriendo un beso.

Azul Remolino.

Distorsionando el reflejo de mis mares, azul del cielo, se levantan las sombras de confusión, como el perpetuo recordatorio de su existencia. Cuando las amargas corrientes se cansan del mundo, vuelven indiferentes a donde pertenecen, pero mi desventura sólo tiene lugar para remolinos eternos y lagrimas perdidas.

Si se disipan los relojes, la claridad devastara mis hadas, y desembocaran punzadas transparentes afiladas por la misma realidad que se ajena de mis noches, si con rumbo corren las sonatas, junto con mi duda desembocare en lava, así el desenlace de mis albas sabrá porque lloran.

Y así es que te lo pido a ti, cambiando en un texto de prosa a verso, escribiendo por delante un texto, y por detrás un querer disperso: Evaporando el suelo como la confusión, crea en mi remolino un receso, lo espero de cual puñalada, lo espero queriendo un beso.